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Fonte da Cova: aventuras que ahora no hay

La red de suministro de agua no siempre fue como es; antes implicaba un arduo trabajo de recogida y transporte.

En la fuente da Cova el agua se recogía con destreza y paciencia. Bajar por la cuesta resbaladiza con los baldes en la cabeza era una tarea cotidiana para muchas mujeres y niñas de Castelo.

Hoy llega con abrir una billa, pero no hace tanto, recoger agua era una tarea más de la rutina cotidiana. En la parroquia de Castelo, muchas vecinas recuerdan con claridad como era bajar a la fuente: un camino estrecho, en cuesta, que acababa en una pequeña pía de piedra donde nacía una agua fresca y limpia que condensaba los baldes nada más llenarlos.

La fuente era un lugar de trabajo, pero también de encuentro. Las mujeres y las niñas iban a recoger agua varias veces al día, muchas veces con el molido hecho (esa especie de rosca hecha con un trapo o una toalla) para llevar el botijo en la cabeza sin necesidad de sujetarlo. Algunas, además, llevaban calderos en las manos, haciendo equilibrios entre el peso y el barro de los caminos.

La tarea no era sencilla: el camino era resbaladizo y hubo más de una caída. Había que tener destreza para coger el agua sin mojarse, mantener el equilibrio en las cuestas de vuelta y, sobre todo, tiempo para hacer varios viajes al día si era necesario.

Las más pequeñas también iban, aprendiendo de las mayores y jugando mientras trabajaban. Se acuerdan bien de aquel lugar, de la posición concreta de la piedra donde había que ponerse para coger bien el agua y los momentos alrededor de la fuente en largas jornadas cargadas de trabajo.

La fuente da Cova forma pate de esa memoria de la cotidianidad, de las rutinas que hoy pueden parecer imposibles, pero que hablan de una forma de vivir marcada por el esfuerzo, la colaboración y la habilidad de las mujeres para hacer frente a todo lo que suponía el día a día. Como cuentan algunas de ellas: eran “aventuras que ahora no hay”.

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