Los centros de enseñanza son espacios didácticos y de encuentro que generan una inmensa cantidad de recuerdos.
Torre de Celas
Testigo de las revueltas contra las injusticias y los abusos de poder.

Los centros de enseñanza son espacios didácticos y de encuentro que generan una inmensa cantidad de recuerdos.
En Castelo hubo dos escuelas: una para aniñas y otra para niños. Espacios que, más allá de las aulas, guardaban juegos, disciplina, aprendizajes y recuerdos que aún hoy viven en la memoria de la parroquia.
En la parroquia de Castelo, existieron dos escuelas. No era por la cantidad de niños y niñas en las aldeas, sino porque, como sucedía en otros muchos lugares, las niñas y niños asistían a aulas separadas. Aquellos espacios, que hoy ya no se utilizan como centros educativos, forman parte de la memoria viva de la parroquia. Aún hay vecinas y vecinos que los recuerdan con claridad: desde la disposición de las aulas, hasta el carácter de los maestros y la forma en la que transcurría el día.
La escuela de las niñas
La escuela de las niñas estaba situada en Peneda, una casa conocida como Casa de Pose. El edificio tenía dos plantas: en la planta baja vivía una familia que más adelante emigraría a Madrid, y que sólo regresaba ocasionalmente; en el piso superior, se desarrollaban las clases.
Las alumnas accedían al aula por una escalera exterior. Al llegar al alto, lo primero que encontraban era un mapa de Galicia, con el que les hacían aprender las provincias a través de una canción. El recuerdo de este detalle musical quedo grabado en la memoria de una de las antiguas alumnas, como también la distribución del espacio y la relación entre mayores y pequeñas: las mayores ayudaban a las más jóvenes, creando una dinámica de cuidado mutuo.
Cuando acaba la etapa de la escuela en la parroquia, hacían el examen de ingreso y muchas se marchaban internas a centro en Coruña, continuando así con sus estudios lejos de casa.
Uno de los recuerdos más curiosos es sobre el almuerzo. Aquella leche que recibían cada día, conocido entre ellas como “leche americana”, era simplemente agua hervida con unos polvos blancos que a la convertían en algo semejante a la leche. Se preparaba en una olla de aluminio y era un pequeño sustento con el que empezar las mañanas.
La escuela de los niños
La escuela de los niños lleva muchos años abandonada. Del edificio hoy sólo se conservan las paredes y el tejado, pero los recuerdos de los vecinos siguen presentes. Allí también vivían los maestros, un matrimonio que dividía sus funciones: la mujer daba clase a las niñas y el hombre a los niños.
En el aula masculina estaban juntos niños de todas las edades, desde los cinco hasta los quince años. La mezcla tenía sus ventajas, pues los mayores les enseñaban a los pequeños tanto lecciones académicas como juegos y trastadas. A pesar de la severidad de los maestros, los niños no dejaban de ser niños, y encontraban siempre la forma de divertirse.
El recreo era un momento esperado, pero también estaba regulado. No se permitía jugar al fútbol, para evitar que los balonazos rompiesen los cristales de las ventanas. Así que optaban por correr unos de tras de los otros o jugar a las canicas.