Los hórreos son todo un emblema arquitectónico que conforman el paisaje gallego. Existe diversidad en su construcción y también en su uso.
Torre de Celas
Testigo de las revueltas contra las injusticias y los abusos de poder.

Los hórreos son todo un emblema arquitectónico que conforman el paisaje gallego. Existe diversidad en su construcción y también en su uso.
Construido con piedras apiladas sin cemento y destinado a secar la hoja del maíz, este hórreo es testigo de una antigua forma de vivir y de aprovechar la tierra.
Entre los caminos de Castelo de Abaixo se encuentra uno de estos lugares que, sin ser el más grande ni el más famoso, tiene algo que llama la atención. Es un hórreo, si, pero no uno cualquiera. Es de esos que ya no se ven por aquí, ni por su uso ni por la peculiaridad de su construcción.
Como sucede con otros espacios de la parroquia, la Capilla de San Ramón, el crucero o mismo el monte, este hórreo forma parte de ese paisaje cotidiano que a veces pasa desapercibido por el hábito, pero que está cargado de significados y recuerdos para el vecindario.
Los hórreos son una de las construcciones más emblemáticas de Galicia. Los hay de piedra o madera, con diferentes estilos segundo la zona, y los más modernos llegan a ser de ladrillo. Algunos son reconocidos por su monumentalidad, como el de Carnota, otros por formar parte de un conjunto urbano, como los de Combarro, y otros destacan por su singularidad, como este de Castelo.
¿Qué hace especial este hórreo?
En primer lugar, su estructura. Las piedras que lo componen no están unidad por ningún tipo de barro ni cemento, sino que están simplemente apiladas, una encima de otra, como un juego de equilibrio ancestral. La vecindad comenta que quizás era común ver algo semejante en alpendres, para zonas de ventilación, pero nunca en hórreos. Esa rareza es la que le aporta carácter.
La función tampoco era exactamente la misma que la de los otros hórreos, empleados para guardar colectas de maíz, cebollas o patatas, protegidas de la humedad y de los animales. Este, en cambio, servía sobre todo para seca la poma, las hojas del maíz que recubren la espiga, que luego se empleaban para hacer almohadas o colchones. Según bromean algunos vecinos, “¡los ricos se lo llevaban todo, hasta la poma de las espigas!”.
Se cree que el hórreo de Castelo es tan antiguo como el propio cultivo de maíz en Galicia, es decir, que puede tener alrededor de 200 o 300 años. Un legado humilde, pero lleno de historia, que habla de otra manera de vivir y de entender la relación con la tierra, el aprovechamiento y la comunidad.
En la parroquia hay otros hórreos, pero este, por su forma, su edad y su uso, es sin duda uno de los más peculiares. Uno de esos rincones discretos que hacen de Castelo un lugar especial, donde cada piedra cuenta una historia.